El último bioma encontrado antes de llegar a los casquetes polares es la tundra ártica, una vasta región sin árboles que bordea el océano Ártico. Las condiciones en la tundra son rigurosas. Las temperaturas en el invierno frecuentemente alcanzan 55 ºC o menos, con vientos ululantes. La precipitación es en promedio de 25 centímetros o menos cada año, lo que hace a esta región un “desierto congelado”. Incluso durante el verano la temperatura puede caer debajo del punto de congelación, y el periodo de crecimiento puede durar sólo algunas semanas.

El clima frío de la tundra ártica resulta en permafrost (también conocido como permahielo), una capa de suelo permanentemente congelada. El suelo arriba del permafrost se descongela cada verano, por lo general a una profundidad de 60 centímetros o más. Cuando llega el deshielo de verano, el permafrost subyacente limita la capacidad del suelo para absorber el agua de la nieve y el hielo fundidos, de modo que la tundra se vuelve un cenagal.

Debido al frío extremo, la breve época de crecimiento y el permafrost, que limita la profundidad de las raíces, los árboles no pueden sobrevivir ahí. No obstante, el suelo está cubierto con pequeñas flores perennes, sauces enanos y grandes líquenes llamados “liquen de los renos”, un alimento favorito de los caribúes. Los cenagales veraniegos proporcionan un espléndido hábitat para los mosquitos. Éstos y otros insectos son el alimento de aproximadamente 100 especies diferentes de aves, cuya mayoría migra ahí para anidar y criar a sus juveniles durante el breve festín veraniego. La vegetación de la tundra también sostiene lemmings, pequeños roedores de los que se alimentan otros residentes de la tundra como lobos, búhos, zorros árticos y osos grizzlies.

Impacto humano

La tundra está entre los más frágiles de todos los biomas, debido a su corta época de crecimiento. Un sauce de 10 centímetros de alto puede tener 50 años de edad. La tundra alpina se daña con facilidad por vehículos todoterreno y por excursionistas. Las actividades humanas en la tundra ártica llegan a dejar cicatrices que persisten durante siglos. Por fortuna para los habitantes de la tundra ártica, el impacto de la civilización se localiza alrededor de los sitios de extracción de petróleo, tuberías, minas y bases militares dispersas.