Los virus fueron descubiertos en la década de 1880, por el científico alemán Adolf Mayer, cuando estudiaba una enfermedad de las plantas de tabaco. Su nombre deriva del latín y significa “veneno”.

Más adelante fueron identificados como agentes causantes de enfermedades de plantas y animales que, a diferencia de los patógenos más pequeños, atraviesan filtros de malla muy fina que ni siquiera las bacterias pueden atravesar. En 1935, el científico norteamericano Wendell Stanley obtuvo de hojas de plantas de tabaco enfermas un sedimento cristalino, que al ser frotado contra hojas sanas causaba enfermedad. Concluyó que el virus era una proteína autocatalítica que se podía multiplicar dentro de las células.

A pesar de que esa conclusión no era correcta, su técnica de preparados cristalinos fue una herramienta importante para la comprensión del funcionamiento de los virus. Por sus investigaciones, Stanley recibió el Premio Nobel en 1946. Además de su actividad infectiva, causa de terribles enfermedades como el sida (síndrome de inmunodeficiencia adquirida), los virus también pueden actuar como vectores o portadores de fragmentos de ADN de una célula a otra.

¿Cómo están formados los virus?

Los virus están formados por una cubierta proteica o cápside en cuyo interior se encuentra ADN o ARN. Algunos virus poseen, además, una envoltura lipídica derivada de la membrana de la célula que fue infectada. En dicha envoltura se insertan proteínas virales.

Cuando se encuentran fuera de las células hospedadoras existen como partículas individuales denominadas viriones. Pueden infectar cualquier tipo de célula, ya sea procarionte o eucarionte, y se reproducen sólo dentro de estas células vivas, utilizando las enzimas y la maquinaria biosintética de sus hospedadores en su propio beneficio. Sin esta maquinaria, serían tan inertes como cualquier complejo de macromoléculas.

Clasificación de los virus

En los albores de la virología, los virus se clasificaban según su patogenicidad, su presencia en determinados órganos o el modo como se transmitían. El advenimiento de la microscopía electrónica permitió la visualización directa de las partículas virales -o viriones- y de este modo la determinación más precisa de su forma y tamaño que se utilizaron como nuevos criterios de clasificación.

A medida que avanzaron los conocimientos en biología molecular surgieron nuevas herramientas para la clasificación de los virus según las características de sus genomas y de sus envolturas. El genoma de los virus puede estar constituido por ADN o ARN y puede ser de cadena simple o doble. Las proteínas de la cápside pueden tomar la forma de una hélice, como en el virus del mosaico del tabaco, o de placas triangulares dispuestas en un poliedro, como en los adenovirus y los bacteriófagos T.

La especificidad de un virus

La cápside puede estar rodeada por capas adicionales o tener otras estructuras proteicas complejas unidas a ella. Las proteínas de la cápside o de la envoltura determinan la especificidad de un virus en relación con su célula hospedadora. Una célula sólo puede ser infectada por un virus si la proteína viral “encaja” en uno de los receptores específicos de su membrana celular.

De este modo, los bacteriófagos atacan a las células bacterianas; el virus del mosaico del tabaco infecta a las células de las hojas de la planta del tabaco; los adenovirus y los rinovirus, causantes del resfrío común, invaden las células de las membranas mucosas del tracto respiratorio, y los virus de la polio infectan a las células del tracto respiratorio superior, el tapiz intestinal y, a veces, el sistema nervioso.

Aparentemente, todos los tipos de células, tanto procariontes como eucariontes, pueden ser infectados por diversos virus capaces de interactuar con sus receptores de membrana. Sólo en algunos casos un mismo tipo de virus puede infectar a organismos muy diferentes. Por ejemplo, algunos virus tienen la capacidad de infectar a una planta y también al insecto que se alimenta de ella, el cual actúa así como vector de transmisión.

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