LA SANGRE

Si extrajéramos y midiéramos toda la sangre de un ser humano de alrededor de 75 kg, encontraríamos que ocupa un volumen de alrededor de 6 L, de los cuales 3,3 L están constituidos por un líquido amarillento, el plasma. Los 2,7 L restantes son células: glóbulos rojos (también llamados eritrocitos o hematíes), glóbulos blancos y plaquetas.

El volumen ocupado por las células sanguíneas se llama hematocrito y se expresa como un porcentaje del volumen total de sangre. En condiciones normales, el 99% de las células sanguíneas son glóbulos rojos, por lo tanto, el valor del hematocrito aporta datos sobre el porcentaje de estas células en el total de la sangre. El hematocrito es un dato clínico importante, ya que su desviación respecto de los valores normales para cada especie suele indicar una alteración. Así, las anemias producidas por una dieta deficiente en hierro o vitamina B12 se expresan, entre otros parámetros, como una disminución del hematocrito. El hematocrito está incluido en el análisis completo de sangre o hemograma, que mide también el número de glóbulos blancos, glóbulos rojos y plaquetas, además del valor de la hemoglobina, que forma parte de los eritrocitos.

El plasma

La mayoría de las moléculas requeridas por cada célula de un organismo pluricelular, así como las sustancias de desecho de estas células, se transportan en la sangre disueltas en el plasma. Este componente de la sangre está formado en un 90% por agua y, por lo tanto, funciona químicamente como un solvente polar. Además, el plasma contiene proteínas plasmáticas, entre ellas:

  • Albúmina, que transporta ciertas sustancias insolubles en el plasma, como colesterol, lípidos y ciertas hormonas. Su presencia, además, genera una presión osmótica que contribuye a mantener el equilibrio hídrico de la sangre.
  • Fibrinógeno, que participa en la coagulación.
  • Globulinas, como las inmunoglobulinas, que participan en la defensa contra agentes externos

Disueltas en el plasma se encuentran, además, diversas sales, en especial bicarbonato de sodio, que, junto con la hemoglobina de los glóbulos rojos y las proteínas plasmáticas, contribuyen a mantener la constancia del pH sanguíneo.

Las células sanguíneas

Las células sanguíneas se forman tempranamente en el desarrollo. Este proceso de formación se denomina hematopoyesis. En el embrión humano, se produce en el hígado y en menor grado, en el bazo. Luego del nacimiento, todas las células sanguíneas, excepto los linfocitos (un tipo de glóbulo blanco), se sintetizan sólo en la médula ósea. Las células sanguíneas se originan a partir de un tipo único de células troncales, o células madre, que son pluripotenciales, es decir, que pueden dar origen a distintos grupos celulares. Las células madre de las células sanguíneas, se diferencian en glóbulos rojos, distintos tipos de glóbulos blancos y plaquetas.

Transportadores de oxígeno: los glóbulos rojos

Los glóbulos rojos son los transportadores de O2 por excelencia y son, además, los principales responsables de la viscosidad de la sangre. Cuando el glóbulo rojo de un mamífero madura, expulsa su núcleo y sus mitocondrias, mientras que las demás estructuras celulares internas se desintegran. Casi todo el volumen del glóbulo rojo maduro consiste en hemoglobina, el pigmento al que se unen las moléculas de O2. En humanos, hay alrededor de 5 millones de glóbulos rojos por milímetro cúbico de sangre (en varones 4,5-5 millones/mm3 y en mujeres 4-4,5 millones/mm3).

Como los glóbulos rojos carecen de núcleo, no pueden sintetizar nuevas moléculas. Su lapso de vida es breve, alcanzando entre 120 y 130 días. En este mismo momento, en nuestros cuerpos están muriendo glóbulos rojos a un ritmo de alrededor de 2 millones por segundo, aunque son reemplazados por la formación, a igual ritmo, de nuevos glóbulos rojos en la médula ósea.

Células de defensa: los glóbulos blancos

Los glóbulos blancos o leucocitos son células casi incoloras, ya que no poseen pigmentos, con núcleo y de mayor tamaño que los glóbulos rojos. Su función principal es la defensa del organismo contra virus, bacterias y partículas extrañas. A diferencia de los glóbulos rojos, los glóbulos blancos no están confinados dentro de los vasos sanguíneos, sino que pueden migrar al espacio intersticial. En el torrente sanguíneo toman una forma esférica, no obstante, en los tejidos pueden aplanarse y desplazarse por medio de seudópodos, como las amebas; además, muchos glóbulos blancos realizan fagocitosis. Ciertos tipos de glóbulos blancos desempeñan roles centrales en la respuesta inmunitaria.

Los glóbulos blancos con frecuencia son destruidos durante el proceso de control de una infección. El pus, que por lo común supura de las heridas infectadas que se producen en la piel, está compuesto fundamentalmente por estas células muertas. Los nuevos glóbulos blancos que reemplazan a los que son destruidos se forman de manera constante en el bazo, que forma parte del sistema inmunitario, en la médula ósea y en otros tejidos. En la sangre de nuestra especie hay entre 6.000 y 9.000 glóbulos blancos por milímetro cúbico. En la forma de cáncer conocida como leucemia, en la médula ósea se produce una proliferación aumentada de glóbulos blancos, que son afuncionales o anormales; al mismo tiempo, disminuye la producción de los glóbulos blancos normales que protegen al organismo.

Participantes en la coagulación sanguínea: las plaquetas

Las plaquetas, llamadas así porque se asemejan a placas pequeñas, son pequeños discos incoloros, fragmentos de células inusualmente grandes, los megacariocitos, que se encuentran en la médula ósea. Luego de su activación, las plaquetas adoptan una forma globular con seudópodos. Las plaquetas no contienen núcleos, aunque tienen mitocondrias -lo que les permite el aprovisionamiento de ATP-, un retículo endoplasmático liso y numerosos gránulos en donde se acumulan diversas sustancias. Las plaquetas inician la coagulación de la sangre y obturan roturas de los vasos sanguíneos.

La coagulación sanguínea

Cuando se rompe un vaso sanguíneo, se produce una hemorragia que disminuye el aporte de O2 y nutrientes en el área afectada. Esto puede causar necrosis -la muerte de las células- de la zona circundante a la lesión y, en caso de que la pérdida de sangre sea importante, una caída de la presión sanguínea que puede tener consecuencias graves para todo el organismo. Tanto en vertebrados como en invertebrados existen mecanismos que obturan la zona dañada y, de ese modo, evitan la pérdida de sangre, siempre que la lesión no sea demasiado importante.

En los invertebrados, esos mecanismos son relativamente sencillos: una contracción muscular de las paredes del cuerpo facilita el cierre de la herida, mientras que la aglutinación y posterior formación de una placa de células sanguíneas obtura la zona. El proceso de formación de esta placa o coágulo se denomina coagulación. En los mamíferos, este mecanismo es más complejo. Cuando un vaso sanguíneo se rompe, otros vasos de la zona afectada se contraen -vasoconstricción- y el aporte de sangre se reduce. Este proceso, que por sí solo resulta insuficiente, es reforzado por la formación de un coágulo. La coagulación de la sangre requiere plaquetas y, por lo menos, 15 factores de la coagulación que normalmente están presentes en el torrente sanguíneo, en las membranas de las plaquetas o de otros tipos celulares.

La hemofilia -patología que se caracteriza por la imposibilidad de coagulación normal- es, en realidad, un grupo de enfermedades determinadas genéticamente que afectan la coagulación. En el tipo más frecuente de hemofilia, los enfermos carecen de un factor particular de coagulación, el factor VIII. De manera habitual se la trata con la administración de este mismo factor extraído de sangre normal. En la actualidad están en uso técnicas de ADN recombinante para producir el factor VIII, que, entre otras ventajas, evita el riesgo de adquirir infecciones por transfusión.